I’m back

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“He vuelto”. Dos palabras. Mucho significado. Con estas dos palabras, Michael Jordan ponía fin a su decepcionante periplo por el béisbol y se enfundaba de nuevo el toro de Chicago en el pecho. Dorsal número 45 a la espalda. “¿Quién es el nuevo?”, se preguntaban recién inaugurado United Center. El “nuevo” se reveló contra el paso del tiempo y de la física. La aerolínea número 23 volvía a estar en funcionamiento, esta vez como la filial número 45, y Chicago se preparaba para volver a ver showtime del bueno.

Dos palabras para acallar rumores. Un comunicado escueto. Estados Unidos se despertaba aquel 18 de marzo de 1995 con una noticia que sacudiría los cimientos del mejor baloncesto del mundo. “I’m back”. Escueto y directo. Como era él. Algo se removía en el estómago de cada ciudadano americano y la ciudad del viento, Chicago, pasó del estupor a la euforia tras un año en el que el equipo lo había intentado gracias a un gran Pippen pero no pudo con los Rockets de Olajuwon. Sin Jordan eran un equipo muy bueno. Pero no marcaban diferencias.

Pero Jordan volvía. No pudo lucir el número 23 aquel 19 de marzo de 1995 ante Indiana Pacers. Se decantó por el 45, su número de la Universidad ya que el suyo estaba colgado del United Center en honor a él mismo. Y anotó 19 puntos ante aquellos Pacers de Reggie Miller. Un “Miller the Killer” que ese año se consagraría jugando todos los partidos de temporada regular y alcanzando los 19 puntos de media. Pero volvamos a Illnois.

El estupor y la euforia se repartían en partes equitativas en Chicago. Euforia porque volvía el héroe. Estupor porque no sabían cómo volvía después de tanto tiempo sin jugar. Los 19 puntos supieron a poco. Pero ese mes de abril, con Jordan a los mandos, los Bulls encadenarían una racha de 9-1 que les servirían para llegar a play-offs.

Sin embargo, los Orlando Magic de Hardaway y un Shaquille O’Neal imparable de 29 puntos por noche, congelaron el sueño del héroe. Jordan terminó la serie con más de 31 puntos de media pero no pudo evitar el descalabro. Nick Anderson declaró que “no se parecía al Jordan de los viejos tiempos”. Jordan era objeto de críticas desde los cuatro puntos cardinales de los Estados Unidos. Pero él lo tenía claro. Escuchaba, callaba y entrenaba. Se mataba a entrenar. Para acallar voces. O para volver a convertirlas en alagos.

Inmediatamente instó a Chicago a pagar la multa que fuese para bajar la camiseta número 23 del techo del United Center. No solo eso, los Bulls se movieron muy bien en el mercado. Trajeron al jugador que hizo MVP a Isaiah Thomas o David Robinson con su trabajo sucio, el excéntrico Dennis Rodman. Ahora trabajaría para el más grande. Rodman era un pívot de poco más de dos metros que había sido máximo reboteador varios años consecutivos por su capacidad de colocación y su fiereza debajo del aro. En lo suyo, jugar para Jordan era tocar techo.

Ellos junto al All-Star Scottie Pippen o a Toni Kukoc, dirigidos por el maestro Phil Jackson pero, sobre todos, embarcados en la aerolínea número 23. Gracias a todos sus esfuerzos consiguieron un hito en la historia del deporte mundial: un balance de 72-10 en lo que se recuerda como la mejor temporada de un equipo deportivo estadounidense. Lo demás es un cuento que ya conocen. Solo quiero dejarles con el impacto que dos palabras tuvieron en el mundo del deporte. Porque Jordan era mucho más de hablar dentro de la cancha. Ahí se convirtió en inmortal.

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